Crónica de un proceso, por Pablo Racca
La idea de grabar la lectura de algunos libros de Casagrande llegó de un día para otro, y no recuerdo el paso a paso que me llevó a presentar la propuesta a Espacio Santafesino1 en julio de 2024. Sólo recuerdo que quería leer y pensé si sería factible hacerlo como trabajo. No podía prever, por supuesto, la secuencia que demoraría meses el proceso, me haría perder la voz y me2 llevaría luego a gastar todo el financiamiento3 en otras voces, como un Ariel que tuviera que dar cuenta de su trabajo de locución después de aceptar los términos de Úrsula para conseguir a su enamorado4.
Quizás no fuera en julio de 2024 sino un poco antes. Las fechas no fueron relevantes hasta que la demora en el depósito inicial —que me habilitaba a comenzar el proyecto— lo hizo coincidir con la semana de inicio de mi nuevo trabajo en jornada laboral completa. Por años tuve la suerte de no trabajar en tiempo completo. Pensaba trabajar (jugar) en las grabaciones durante mis últimos meses de tiempos amplios. No pudo ser. Los tiempos se restringieron, y mucho más de lo que esperaba: la experiencia de trabajo fue mala y todavía dos años más tarde recibo disculpas de aquel amigo que me recomendó entrar ahí. Pero en ese momento, el nuevo trabajo me llevó a un nivel de estrés inesperado y, a mi criterio, poco justificado por la pobreza de los fines de aquel call-center para transportes de cargas en rutas estadounidenses. Yo hubiera querido leer en voz alta y grabarme, pero no era el momento.
Pasaron cuatro meses. El proyecto debía rendirse en seis. La situación laboral no estaba completamente bajo control, pero las grabaciones no podían esperar más. Lo haría después de la jornada de trabajo remoto y durante los fines de semana. El juego de grabar planeado para paisajes de tiempos amplios ocuparía tiempos intersticiales. Podía alcanzar el objetivo sumando intersticios durante los últimos dos meses. Comencé. Lo hice por un texto corto, luego por otro. Disfruté y tomé coraje para avanzar. Tomé otro que parecía corto por la edición “petita” de Nicolás Manzi, pero era bastante más largo de lo esperado. Llegué a tres y quedaba entonces un mes. Las cuentas no eran claras pero para la cultura nunca lo son, tan intersticial ella, tan de los resquicios. Yo sabía que tenía los feriados de carnaval y, más tarde, Semana Santa; eso me ayudaría a sumar más horas de grabado diarias. El objetivo estaba lejos pero yo me engañaba con la aritmética: era posible.
Pero entonces el quinto libro. Decidí quedarme en casa aquel feriado, cancelar cualquier otro plan —esto ya no era tan divertido—, cerrar las ventanas y persianas para evitar que se cuelen ruidos. Y entonces noté que la voz, a medida que avanzaba el capítulo largo del ensayo de Chababo, empezaba a apagarse. Esperaba un poco, continuaba, y otra vez lo mismo. “Esto me va a llevar más tiempo”, pensé. Porque tenía que dejar descansar la voz. Y otra vez la aritmética, pero esta vez las cuentas no eran óptimas. El tiempo de descanso de la voz no estaba estipulado. Yo no sabía de este detalle. No sabía que estaba corriendo, por decir, una maratón con la voz. Estaba en terreno desconocido.
Avancé más lento y, uno o dos días después, terminé de grabar el libro. Tenía frío en la pieza. El proceso de grabación es agradable en algún aspecto, extraño y frío en otros. Es, también, una tarea solitaria y alienante, por la necesidad de silencio.
Por dentro calculaba y esperaba para seguir leyendo: cada cuánto tomar agua, cuán larga sería la próxima espera. Si para tal día feriado no había iniciado el sexto libro las cuentas no daban. Y quedaban cuatro libros más5. Tardé en resolverlo: tres semanas antes de la fecha de rendición busqué presupuestos. Descubrí que no es sencillo dar con grabadores/as de audiolibros. Es sencillo dar con locutores/as de publicidades y presentaciones elocuentes tipo radiales y televisivas.
Descarté varias voces hasta dar con cuatro que me parecieron cercanas a lo que buscaba. Me costaba explicarme con las personas que regenteaban este tipo de servicios: no podía hablar directamente con las voces, sólo con el mediador, y el poco tiempo que tenía me impedía investigar un poco más, saltar al cafishio de voces, buscar personas, hablar con ellas, preguntarles si les gustaba leer en voz alta. Leer literatura, digamos.
Puse en marcha la tercerización de cuatro libros. Me dolió hacerlo. Yo quería leerlos. Quiero decir: me gusta leer, y quería leer estos libros en voz alta. Es una de mis actividades preferidas. Aunque es cierto: el proceso de edición de un audiolibro —si unx se enserieciara al respecto— es más que tener ganas de leer en voz alta. El primer libro que grabé fue El sol, de Virginia Ducler, y al hacerlo no podía más que pensar qué hacía dándole voz a dos narradoras mujeres tan bien escritas, tan introspectivas ambas. La edición de audiolibros necesita de criterios tanto como la edición de libros en papel. El territorio era para mí, efectivamente, desconocido. Dudé en un momento: consulto a las escritoras, lo pienso mejor, resuelvo de otra manera. Pero a la vez estaba jugando. Y con poco tiempo.6
Mientras esperaba los cuatro audios de voces cafishiadas que, como colateral, se habían comido todo el dinero del financiamiento, me dispuse con mi resquicio de voz —podía leer todavía de a tirones cortos— a grabar el décimo libro7. Válgame: el ensayo que había elegido estaba lleno de términos en hebreo. Ya no podía saltarme este criterio, no podía seguir jugando: tenía que buscar a otra persona que pudiera leerlos correctamente. Decidí hacerlo más tarde, quedaban muy pocos días. El día de cierre del proyecto, cuando debía presentar todo a la Secretaría de Cultura de la Provincia, entregué este libro a la mitad. Y desde ya pido disculpas por semejante acto de corrupción pública: prometí diez libros y entregué nueve y medio.
Pasados esos dos meses de alteración de voz, de sueño, de etcétera, dejé el resultado del proyecto en un cajón virtual. Se entenderá por qué. La inesperada partida de Eugenio Previgliano sobre el final de 2025 me llevó a poner en línea su novela premiada, La chica. Disfruté esa grabación, buscar el modo de dar voz a esa fragmentariedad. No sé si lo conseguí. No sé si es posible editar cualquier texto como audiolibro. Diría que el formato está pensado para una clase de narrativa. Imagino que habrá lecturas críticas al respecto. Imagino que serán pocas. Podría extenderme en este sentido, pero se acerca la presentación, ahora, casi dos años más tarde, el 6 de junio de 2026, del conjunto de audiolibros. La presentación es mañana, de hecho. Así que tengo que cerrar el texto. La cultura siempre tan a destiempo.
Notas
- Programa de financiamiento de proyectos culturales de la provincia de Santa Fe. volver
- Esta oración tiene doble voz pasiva, es decir, el narrador cedió el control del propio destino, un efecto más grave que los enumerados pero que aun así decide dejar en nota al pie. volver
- El que inicialmente era para financiar mi propio trabajo. volver
- Tal vez la referencia más extraña que he hecho en mi vida. (Hablo de La sirenita, para quien ese argumento le resulte extraño). volver
- Arbitrariamente había decidido que serían diez audiolibros. Pensé que el número era lo suficientemente grande como para obtener el financiamiento. Quizás un número más chico también lo hubiera logrado, pero estaba jugando, no estaba estimando horas ni cansancios de voz. volver
- Y a la vez, esta no tiene por qué ser la versión final de estos audiolibros. El proceso puede seguir. Mi aprendizaje puede servir para acompañar los siguientes pasos. La conversación sigue abierta. volver
- Como aclaración: no perdí la voz en tanto que no podía hablar. Sólo no podía sostener un tono de voz razonable por un par de minutos, como los que se necesitan por ejemplo para grabar la lectura de una página. Me dolía, sí, la garganta a la altura de donde asumo están las cuerdas vocales. Eso se mantuvo un tiempo largo. volver








